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Mujeres Sacerdotes en la Iglesia Católica Española

Ratzinger frena a las mujeres


  1. • El cardenal Carlo Maria Martini piensa que el sacerdocio femenino es una forma de hacer justicia
ALFONSO S. Palomares*

Las cosas no son siempre como son, sino como se perciben. Y la mujer no es como históricamente la percibieron las grandes religiones, y algunas la siguen percibiendo. Hay una abundante literatura sagrada, aparte de la teológica y filosófica, en donde la mujer es un ser humano fracasado, claramente inferior al hombre y por lo tanto más digna de desprecio que de alabanza.
El relativismo se multiplica como un cáncer venenoso, según el papa Benedicto XVI, y nosotros podemos afirmar que se ha colado en las galerías de la Iglesia en un asunto tan importante como es la visión de la condición femenina o, más directamente, sobre el papel de la mujer en la Iglesia y también en los tejidos del poder político y social. La valoración depende desde dónde se mire y desde qué ideología y ojos se mire. En este caso se trata de dos brillantes teólogos y acreditados pensadores: hablo del cardenal Carlo Maria Martini y del papa Ratzinger.
En principio, ambos parten de unos presupuestos culturales análogos y de idéntica fe para suponer que comparten percepciones iguales o parecidas. No es así. Sus propuestas no son relativamente diferentes, son evidentemente distintas. En un reciente libro, relativamente reciente, que lleva el sugerente título de Coloquios nocturnos en Jerusalén, el jesuita –cardenal Martini– formula una serie de propuestas que tienen como idea fuerza que otra Iglesia es posible y que debe tener el valor de reformarse. El cardenal habla con absoluta libertad y sinceridad, porque ya no le mueve ninguna esperanza sobre la Tierra, y dice: «Solo aspiro a prepararme para el encuentro misterioso y definitivo con mi Dios. Es el momento de entregarme a la eternidad con la mayor pureza posible». El libro es un diálogo con el también jesuita Georg Sporchill, que condensa en las preguntas recogidas de varios estudiantes los temas más candentes que afectan a la relación de la Iglesia con el mundo actual y del mundo actual con la Iglesia.
Como ven, un claro relativismo en el planteamiento. Tiene claro que la dinámica histórica va hacia la incorporación de la mujer al sacerdocio, lo cual significa que la mujer entrará también en todo el tejido jerárquico, lo que supone un giro de 180 grados. Es partidario del celibato opcional en los sacerdotes y de que no lo imponga el derecho canónico. En cuanto a la enredadera de noes que Pablo VI puso en la encíclica Humane vitae sobre las relaciones sexuales, es partidario de suprimirlas, optando por la permisividad en el uso del preservativo. En relación con la Humane vitae, Martini es contundente: «Ha producido un gran daño con la prohibición de la contracepción artificial que allí se establece, lo cual ha determinado que muchas personas se hayan alejado de la Iglesia, y la Iglesia, de las personas». Piensa que el sacerdocio femenino es también una forma de hacer justicia a las mujeres por parte de la Iglesia.

La visión de Ratzinger es diametralmente opuesta a la de Martini en estas cuestiones tan esenciales para el futuro de la Iglesia o para una Iglesia con amplio futuro, porque no olvidemos que las mujeres son la mitad de la humanidad y su situación en el escenario de la historia está cambiando, de una manera clara en los territorios de la antigua cristiandad. Los escritos de Ratzinger sobre la condición femenina son abundantes, pero me fijaré en uno de sus tiempos de cardenal, cuando era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. A finales de 2004 escribió una carta a los obispos de la Iglesia católica sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo. Yo diría que el eje de esta carta es la defensa de un Dios varón. En ella sostiene que el feminismo es condenable porque promueve la búsqueda del poder por parte de la mujer y, además, porque el enfoque de género que utiliza este movimiento corrompe el orden natural de la sociedad.
Está claro para Ratzinger: el ordenamiento natural está en que la mujer no abandone su puesto en el plan de Dios, que es el de estar sometida al hombre. Lo dice con toda contundencia para que no haya lugar a dudas. Por favor, lean lo que escribió en esa carta: «En las palabras que Dios dirige a la mujer después del pecado se expresan, de modo lapidario e impresionante, las relaciones que a partir de entonces se establecerían entre el hombre y la mujer: tendrás ansia de tu marido, y él te dominará».

La venenosa manzana del paraíso intoxicó el pensamiento judío y vertebró el poder de los dos sexos en la Iglesia cristiana. Santo Tomás de Aquino no tenía dudas al afirmar como si se tratara de un dogma: «La mujer se halla naturalmente sometida al hombre, en quien naturalmente hay mejor discernimiento de la razón». El papel de la mujer en relación con el hombre lo precisó sin titubeos san Pablo en una de sus cartas a los fieles de Corinto, donde les dice que el varón no debe cubrirse la cabeza pues es la imagen y la gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón. Porque el varón no procede de la mujer, sino la mujer del varón, y tampoco el varón fue creado por causa de la mujer, sino la mujer por causa del varón.
Lo que llamamos relativismo e integrismo se cruzan en la Iglesia actual. Domina el perfume integrista, ya que desde el Vaticano se pretende que los principios religiosos sean modelo de vida y fuente de las leyes del Estado.

*Periodista

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