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Mujeres Sacerdotes en la Iglesia Católica Española

Mujeres en la Última Cena (POR JUAN MASIÁ CLAVEL)

Salomé, Marta, Myriam, Susana y Ana, de acuerdo con María, la madre de Jesús, y apoyadas por ella, consiguieron, a pesar de Pedro, hacerse sitio en la cena de Pascua, de lo que se alegró Jesús diciendo: “No sois sirvientas, sino amigas ” (Jn 15,15), y cuando yo me vaya recogeréis el testigo para ir a curar y dar esperanza a la gente, haciendo bien, porque la Ruah de Abba estará en y con vosotras (Act 10,38).

Salomé, la esperanzada, sentada junto a Tomás, el positivista y posibilista (con expectativas de ser nombrado para una sede importante), dijo: “Jesús, parecemos brotes de olivo en torno a tu mesa (Ps 127,3), las chicas y chicos de tu koinonía (1Jn 1,3), aunque algunos retoños, como éste a mi lado están una miajica retorcidos (Jn 20,25)”. “Mejor, completó Jesús, sois sarmientos de la vid; que corra por este círculo la vida de Abba y su Ruah, que déis fruto permaneciendo en unión” (Jn 15, 1-5).

Se quedaba a menudo libre el asiento junto a Salomé, donde habían puesto un cojín más cómodo para la madre de Jesús, pero no conseguían mantenerla sentada, porque no se fiaba de dejar el asado en manos de Judith y Cleofás (En Nazaret nadie preparaba el cordero mejor que ella).

María, tú quédate sentada, dice Salomé, y disfruta la Pascua con tu hijo”. “¿Disfrutar dices, Salomé? Me huelo yo que esta Pascua acaba mal. Mi hijo se ha metido en un buen lío con los del Santo Oficio de la Inquisición, por lo del Reino, las redes y la liberación, me dice el corazón que la cosa se pone negra, ya veremos qué pasa mañana”.

“Madre, dice Jesús desde el otro lado de la mesa, tú ya sabes, por la experiencia de cuatro partos que tuviste, que cuando la mujer va a dar a luz se siente triste, porque le ha llegado su hora; pero, cuando nace la criatura, ya no se acuerda del apuro, por la alegría de dar nueva vida al mundo” (Jn 16, 21).

Terció en la conversación Ana,(la simpática y preciosa biznieta de la abuela del mismo nombre) acurrucada en el hueco entre Juan y Jesús –Juan reclinándose sobre Jesús y Ana colándose bajo su brazo y arrimada al talle del Maestro-: “Jesús, eso está muy bien, te lo hemos oido otras veces; pero hoy te preocupa algo serio, no te lo calles, te he estado mirando toda la tarde y tienes cara angustiada, desahógate, hombre, desahógate, se te nota turbado”. “Tú siempre tan intuitiva, Ana. Sí, me siento agitado; pero ¿qué voy a decir?: Abba, líbrame de esta hora? ¡Si para esto he venido, para esta hora! ¡Abba, que irradie tu gloria!” (Jn 12, 27-28).

Pedro se impacientó y, calándose una tiara, dijo: “Acaparáis las mujeres el tema; además con preguntas tontas y comentarios que aguan la fiesta”. “Así es, dijo Felipe, mejor pedirle al Maestro que nos aclare dónde está Abba y por dónde hay que ir para encontrarlo”. ”Pero Felipe, dijo Jesús, ¿con tanto tiempo de amigo mío todavía no te has dejado envolver por la ternura de Abba? Yo soy el camino hacia la vida verdadera de Abba. Yo estoy en Abba y Abba en mí” (Jn 14, 10).

“Pero qué poca vista tienes, Felipe, dijo Ana, mírale a Jesús a los ojos, deja que te absorba hasta meterte dentro de Él, te verás reflejado en ellos y al mismo tiempo descubrirás a Abba”.

“Ya está la soñadora divagando”, dijo el realista Mateo(también, como Tomás con expectativas de ser recomepnsado con una sede importante). “No, añadió Jesús, ha dicho bien Ana, porque Abba y yo somos uno” (Jn 14,9).

Interrumpió Tomás: “Ana, come y calla”. Le dió un codazo Susana, la que siempre sabe estar al quite en su momento: “El que tiene que callarse eres tú. Queremos que siga hablando el Maestro. Yo he dejado hoy a mi marido haciéndose la cena él solo, porque no quería perderme esta Pascua”. “Bueno, Susana, dijo Jesús, pero que no se te haga tarde para estar con él a la vuelta, que el amor es más importante que las misas y los sermones. En realidad, todo lo que yo os tengo que decir se reduce a esto, que os queráis cada vez más y mejor para que, al ver la gente cómo os queréis, descubran el sentido de la vida, ese es mi encargo encarecido (yo no diría mi mandamiento, sino mi testamento)” (Jn 13, 34-35).

Estaba el ambiente un poco tenso y lo percibió Marta, que dio un giro a la velada. “Venga, id pasando los platos, y que no se quede el cesto del pan en el rincón de Mateo, y tú, Andrés, levántate a preparar las copas, que no tengamos que ser siempre las mujeres las que van y vienen del comedor a la cocina”. Mateo pasó el pan a regañadientes y Andrés trajo las copas refunfuñando.

Jesús se incorporó y dijo: “Esta no es una cena cualquiera. Es la Pascua, el tránsito. Es el paso de quien tiene que pasar por un trance amargo de separación. Mirad este pan que se desgarra en pedazos, así ha sido mi vida. Pues aquí está lo que ha sido mi vida. Ahora no lo entendéis, pero os lo recordará la Ruah cuando ya no esté yo con vosotros y vosotras (Jn 16,7)”.

“Pero nosotras no queremos que te vayas, Jesús, dijo Ana, que se pare el tiempo esta noche, te queremos y no te soltamos, Rabboni” (cf. Jn 20, 16). “No, Ana, dijo Myriam, tenemos que asumir que Él se vaya, nos conviene, para que retorne de otra manera desde Abba. Entonces comprenderemos que Él está en Abba y Abba en Él, Él en nuestro corazón y nosotras en el suyo. Comprendo tu estado de ánimo, Ana, yo también quisiera estrecharle con fuerza y retenerle, pero presiento que Él nos dice: Soltadme, que subo a mi Abba y vuestro Abba” (Jn 20,17).

Juan no decía nada, pero intercambiaba miradas de complicidad sucesivamente con Myriam y con Jesús, mientras sugería silencio a Ana tocándole suavemente los labios. Y entonces Jesús siguió diciendo. “Tiene razón Myriam. Ya no beberé más este vino hasta compartir de otra manera en el ágape sin fin, cuando la liberación de Abba reine por completo (Lc 22,18).

"Has hablado bien Myriam, dijo Jesús, Yo te digo que tú te llamas Myriam, pero en adelante te llamarás Petra y sobre esta Petra, de la mano de este Juan, se construirá la Asamblea de Redes de quienes prolonguen la cosa que empezó en Galilea” (cf. Mt 16,18 a la luz de Jn 20).

Pedro callaba consternado. Judas había salido ya para su asunto en la oscuridad de la noche. Juan se ofreció a acompañar a Susana hasta su casa.

Jesús decidió salir al Huerto de los Olivos, acompañado de Pedro y Santiago, que se quedaron dormidos de cansancio. Jesús oraba sudando y diciendo: “Abba, si es posible que pase este cáliz...” (Mt 26, 42; Mc 14, 36; Lc 22, 42). Myriam y Ana se quedaron despiertas a su lado, como ángeles, animándolo, ayudándole a asumirlo y tratando de asumirlo ellas...

(Publicada la versi:on original en La Verdad, de Murcia, el Jueves Santo, 8 de abril, 2009)

http://blogs.periodistadigital.com/vivirypensarenlafrontera.php/2009/04/09/mujeres-en-la-ultima-cena

 

 

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